Los Salmos

La palabra griega psalmos y la latina psalmus vienen del verbo psallo, pulsar las cuerdas de un instrumento, el “salterio”, haciéndolas vibrar, como hacía David para calmar los ánimos de Saúl (1 Samuel 16, 16-23). Hoy los sabios escrituristas dicen que los salmos probablemente fueron escritos entre el siglo octavo antes de Cristo y el siglo segundo (a.C..) por autores anónimos – aunque el libro judío con frecuencia los atribuye, entre otros, a David, Asaf y Coré-y que, la mayor parte fueron redactados definitivamente después de volver del destierro de Babilonia y de construir el nuevo Templo en Jerusalem (año 515 antes de Cristo). En los mismos hay odas de una grandiosidad épica y pequeños poemas de una sencillez encantadora.

Desde el 1 hasta el 150 hay un solo tema que palpita en cada uno de estos himnos: Dios.  De El se habla. A El se le canta; a su misericordia se le pide perdón y a su poderío se le implora protección. Y en la descripción de la Suprema Belleza de Dios y de su infinito amor ningún otro poeta ha logrado superar en belleza literaria a los autores de los salmos.  Allí se le canta a la grandeza salvaje de los montes y a las costumbres populares de la gente humilde. Allí se le canta a la historia, a la patria, al mar, a las tempestades y al amor del hogar, y todo con una entonación elevada que llega frecuentemente a las alturas de lo sublime.  Los salmos son la voz de todos los que gimen, adoran, dan gracias y piden perdón.  Más que Pindaro y Horacio, más que Homero y Dante, los salmistas compusieron cánticos inmortales que resonarán en todos los países, a través de todas las edades, para ser el eco de todos los sentimientos y afectos de la humanidad para con Dios. Así que Dios al darnos este libro de Plegarias ha puesto en nuestras manos las más preciadas joyas de la literatura universal.

En el Nuevo Testamento, fueron entendidos como un anuncio profético cumplido en Cristo, como Él los presentó cuando a los discípulos de Emaús les fue explicando lo que decían de Él los Salmos (Cfr. Lucas 24, 44). Sucedió ya desde el principio, la “cristologización” de los Salmos: al sentido literario o histórico original de los poemas, se añadió el sentido pleno, rezándolos como cumplidos plenamente en Cristo y en su Iglesia, y se rezaron desde esta perspectiva. A veces, se cristologizaban “por alto”, cuando la Iglesia dirige a Cristo la alabanza que los israelitas dirigían a Dios (por ejemplo: “pueblos todos, batid palmas… Dios asciende entre aclamaciones”, rezado en el día de la Ascensión y aplicado a Cristo), o bien “por bajo”, cuando los salmos se ponen en boca del mismo Cristo, dirigidos a su Padre (“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”). En el primer caso se dicen como “voz de la Iglesia”, en el segundo, como “voz de Cristo”. Sigue leyendo

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