El Gloria

El Gloria tiene su origen en la Iglesia primitiva, específicamente en un conjunto de himnos usados por la comunidad cristiana, que siguen una estructura semejante a la de los salmos e himnos neotestamentarios empleados en la oración matutina. Los creyentes les llamaban “psalmi idiotici”, es decir, composiciones propias, sencillas, distintas a las halladas en la Sagrada Escritura, en tiempos en que la Iglesia naciente llena de fervor buscaba componer himnos en honor del Señor. Su origen se remonta muy posiblemente al siglo II o III d.C. El libro VII de las Constituciones apostólicas (380), conserva un texto de este estilo cuya alabanza es dirigida a Dios Padre por medio de Jesucristo. Su redacción es muy similar a la redacción siria del mismo himno, aunque esta última intercala afirmaciones sobre la esencia de Dios. En su origen el Gloria no fue pensado para ser usado en la celebración cotidiana de la misa, sino como cántico de acción de gracias para ser entonado en la oración de la mañana y en ocasiones especiales. El obispo san Hilario (s. IV) muy posiblemente lo dio a conocer en la Galia. También se conserva un manuscrito llamado el Codex Alexandrinus de la Biblia (s.V) en el cual se presenta este himno escrito en griego, con características muy similares al texto actual. Los griegos llamaban a este himno “doxología mayor” para diferenciarlo de Gloria Patri. Posiblemente a comienzos del siglo VI ya se cantaba el Gloria en la misa solemne del día de Pascua. El Liber Pontificalis (530) relata que este himno se entonaba en la «Misa de Gallo» y que el Papa Símmaco (498-514) lo vinculó a la misa dominical y a la fiesta de los mártires en Roma, pero presididas por el obispo. La versión latina más antigua del Gloria la encontramos en el antifonario de Bangor (690), que lo ubicaba en el rezo de las laudes y de las vísperas. En esta versión del Gloria se identificaban tres partes: la primera, el anuncio de los ángeles en la natividad del Señor según nos lo narra san Lucas (2,14); la segunda, la alabanza y agradecimiento al Padre con la invocación a la Trinidad; y la tercera, referida a Cristo y al Espíritu Santo. Esta versión presentaba especialmente al Padre y al Hijo como el tema de la Gloria. La invocación a Cristo empezaba bajo forma de letanía. Tres veces se rememoraba su condición de Redentor del humano linaje: aludiendo su Pasión (“Cordero de Dios”), ensalzando su glorificación (“Tú que estás sentado a la derecha del Padre”), y pidiéndole perdón por nuestros pecados (“Ten piedad de nosotros”). Aunque la referencia al Espíritu Santo era breve al final del himno, se le ubicaba en la misma dinámica de la gloria de Dios Padre.
Estas palabras no son una simple enumeración de las tres personas divinas, ni en ellas se deja de tener clavada la mirada en Cristo, sino que Él, a quien elevábamos nuestras súplicas, permanece en el centro de nuestra atención como el transfigurado que con el Espíritu Santo está en la gloria de su Padre, que poseía ya antes de que el mundo fuese (Jn.17,5), y donde ahora vive y reina por los siglos de los siglos. En el siglo VIII el Gloria era utilizado en la misa episcopal, mientras que los sacerdotes lo cantaban únicamente en la misa de Pascua, según lo atestigua el Hadrianum (785). Amalario (s.IX) consideraba que el Gloria era un himno de uso habitual dentro de la misa, excepto en los días penitenciales. Sin embargo, en ese mismo siglo el liturgista Bernón de Reichenau se quejaba de que se le prohibiera al sacerdote entonar este himno en el día de  navidad.Ya en el siglo XI, era común entonar el himno de Gloria en las elebraciones. El Micrólogo de este siglo relata que el himno se omitía en Adviento, desde Septuagésima hasta Pascua y en la fiesta de los Inocentes. Finalizando el siglo XIII, en el Pontifical de Guillermo Durando se encuentra una serie de ordenamientos que prohibían este canto en ciertas celebraciones. Al himno de Gloria se unieron los tropos que luego fueron suprimidos por la reforma de Pío V en el siglo XVI. Posteriormente este himno se verá enriquecido a nivel musical por la polifonía. En tiempos del Concilio Vaticano II (1962-1965) el Gloria in excelsis se decía después del Kyrie eleison, estando el sacerdote en medio del altar. Durante la reforma se discutieron dos aspectos entorno a este himno: su permanencia en la liturgia de la misa, y el lugar que debía ocupar dentro de ella. Los encargados de orientar esta discusión sabían que desde la iglesia primitiva hasta ahora el Gloria era un himno de alabanza y de súplica a Dios, y que cantado por la comunidad cristiana, promovía la participación activa de los fieles, según el espíritu del Concilio Vaticano II. Así pues, al final se mantuvo como parte de los ritos iniciales de la misa. En la Instrucción General del Misal Romano (IGMR), se lee:
53. El Gloria es un antiquísimo y venerable himno con que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y al Cordero y le presenta sus súplicas. El texto de este himno no puede cambiarse por otro. Lo entona el sacerdote, o según los casos, el cantor o el coro, y lo cantan o todos juntos o el pueblo alternando con los cantores, o sólo la schola. Si no se canta, al menos lo han de recitar todos, o juntos o a dos coros que se responden alternativamente. Se canta o se recita los domingos, fuera de los tiempos de Adviento y de Cuaresma, en las solemnidades y en las fiestas y en algunas peculiares celebraciones más solemnes.
Las palabras de san Agustín nos invitan a cantarlo siempre: « ¿Sabéis qué es un himno? Un cántico que alaba a Dios. Si alabas a Dios y no cantas, no profieres himno; si cantas y no alabas a Dios, tampoco profieres himno. Si alabas algo que no pertenece a la alabanza de Dios, aunque cantando alabes, no profieres himno. Luego el himno lleva consigo estas tres cosas: cántico, alabanza, y ésta de Dios. Luego la alabanza de Dios en el cántico se llama himno» En breve, prodiamos resumir que el Gloria es un himno trinitario, aunque centrado sobre todo en el Padre y en Cristo. Empieza con las palabras que Lucas pone en labios de los ángeles en la noche del nacimiento de Cristo: a Dios, gloria, y a los hombres, paz, que es sinónimo de salvación. A los hombres “que ama el Señor”, como traducimos ahora, a los que son objeto de la buena voluntad de Dios. Siguen las alabanzas al Padre, con repetición enfática de sinónimos tanto en nuestra actitud de alabanza (te alabamos, te bendecimos, te adoramos) como en los nombres de Dios (Señor Dios, Rey celestial). También la alabanza a Cristo se hace con entusiasmo (Hijo único, Jesucristo, Cordero de Dios, Hijo del Padre), para desembocar en una letanía (tú que quitas el pecado del mundo) y en aclamaciones (tú sólo Santo, tú sólo Señor), y acabar el conjunto con una doxología en la que se incluye al Espíritu Santo. Es en verdad un canto completo: alabanza, entusiasmo, doxología, súplica, confianza y humildad.

Señor ten Piedad (Kyrie Eleison)

En las Parroquias se canta o se recita dentro de la misa Señor, ten piedad, Cristo ten piedad, Señor ten piedad (Kyrie eleison, Christe eleison, Kyrie eleison). Pero ¿se conoce verdaderamente su sentido y lugar dentro de la celebración litúrgica? Algunos piensan que el Señor, ten piedad es un alargamiento o conclusión del acto penitencial; otros lo cambian por un canto de perdón; otros, que esta invocación es meramente penitencial, es decir, que a través de ella se pide perdón al Señor y nada más; otros simplemente lo omiten. En últimas se puede tener cierta confusión en aquello que define la aclamación. De ahí, entonces, la necesidad de acercarnos a la comprensión del Kyrie eleison.El Kyrie eleison hace parte de los ritos iniciales de la misa que en su orden lo componen el canto de entrada (1), el saludo inicial (2), el acto penitencial (3), el Señor, ten piedad (4), el Himno de Gloria (5) y la Oración Colecta(6). La finalidad de estos ritos es disponer a la asamblea para la celebración de la Palabra y de la Eucaristía1. Esta finalidad da a cada parte de los ritos iniciales, como es el caso del Kyrie eleison, un sentido preciso y especial, de modo que al tiempo que se diferencia de las demás, alcanza con ellas un mismo propósito. Descubramos pues, el origen y la evolución de esta aclamación dentro de la liturgia cristiana. La invocación “Kyrie eleison” ya se conocía en la antigüedad precristiana, concretamente en los cultos paganos. Kyrios se refería al título dado al dios, o al emperador de quien se creía había llegado a ser dios, o al soberano que realizaba su entrada en la ciudad. En los salmos (6,3; 40,5.11) y profetas (Is 33,2; Bar 3,2) encontramos esta misma invocación. Por medio de ella se rendía honor, homenaje y reconocimiento a aquél que era poderoso.En la era cristiana, los paganos recién convertidos al cristianismo acostumbraban a decir eleison hemas (ten piedad de nosotros), mientras se inclinaban hacia el sol naciente. En los evangelios hallamos algunos pasajes donde la invocación Kyrie eleison es dirigida al Hijo de Dios (Mt 15,22; 20,30). Para san Pablo, Jesucristo es el Kyrios, el Señor, lo cual hace pensar que los primeros cristianos discípulos del apóstol, pudieron haber usado Kyrie eleison como jaculatoria para dirigirse a Cristo y solicitar su auxilio. La formula es tan popular y al propio tiempo tan antigua que se ha conservado en su forma griega [Κύριε, λέησον], aunque tenga en latín su equivalente; Miserere Nobis. La forma griega, que se conserva en la liturgia romana, es uno de los pocos recuerdos que restan de la Liturgia, que fue incontestablemente la griega hasta mediados del siglo III.

El Kyrie eleison apareció primero en Oriente a mediados del siglo IV, en la liturgia de Antioquía y Jerusalén. Dos testimonios lo confirman: el primero, el libro VIII de las Constituciones apostólicas (380) quien conserva el texto de las letanías que recitaba el diácono en la liturgia de la misa en Antioquía, habiendo terminado el evangelio y antes de despedir al grupo de los catecúmenos, es decir, antes del ofertorio. Y el segundo, Egeria, peregrina española, quien a finales del siglo IV pasó por Jerusalén y asegura que en las vísperas mientras el diácono decía el nombre de las personas por las que se rezaba, se aclamaba Kyrie eleison. Al Papa Gelasio (492-496) se le reconoce como el autor de la Deprecatio Gelasii, letanía que tenía como respuesta del pueblo el Kyrie eleison, y que al parecer se usaba en la misa de Roma. Posteriormente las letanías comenzaron a recitarse al inicio de la misa y no después del Evangelio como era costumbre. Si Gelasio no promovió este cambio, pudo haber sido testigo de ello. El canon 3 del Concilio de Vaison (529) atestigua la presencia del Kyrie eleison en Roma, Oriente e Italia, incluyéndolo en el rezo de los maitines, de las vísperas y en la misa. En el siglo VI esta aclamación u otra parecida se usaba en el rezo del Oficio y en las procesiones penitenciales. Gregorio Magno la introdujo en el rito de entrada de la misa, pero abreviándola. La determinación causó cierta polémica por lo que Gregorio Magno se vio en el deber de aclarar su decisión, pero manteniendo la aclamación. Tiempo después desaparecieron las letanías y quedó sólo la invocación Kyrie eleison a la que se unió Christe eleison. El número de veces en que se repetía esta aclamación varió mucho, consolidándose al final en tres veces Kyrie, tres veces Christe, y otras tres veces Kyrie. Y así, a partir del siglo VIII hasta la reforma litúrgica del Vaticano II. Algunas variantes se introdujeron como aquella de darle a las aclamaciones un acento trinitario, o de unir al Kyrie los tropos. Sin embargo, ninguna de estas dos prevaleció. Además de los melismas, la polifonía enriqueció la aclamación.
En la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, la Instrucción General del Misal Romano  (IGMR) nos dice que, terminado el acto penitencial sigue el Señor, ten piedad. En el número 52 de la Instrucción, cuyo título es Señor, ten piedad, leemos:
  • 52. Después del acto penitencial, se dice el Señor, ten piedad, a no ser que éste haya formado ya parte del mismo acto penitencial. Siendo un canto con el que los fieles aclaman al Señor y piden su misericordia, regularmente habrán de hacerlo todos, es decir, tomarán parte en él el pueblo y la schola o un cantor.
  • Cada una de estas aclamaciones se repite, normalmente, dos veces, pero también cabe un mayor número de veces, según el genio de cada lengua o las exigencias del arte musical o de las circunstancias. Cuando se canta el Señor, ten piedad, como parte del acto penitencial, a cada una de las aclamaciones se le antepone un «tropo». 
En algunas celebraciones eucarísticas se ve que el Señor, ten piedad no se canta ni se recita. Algunos se ven tentados a sustituirlo por un canto de perdón, lo cual es errado, pues el acto penitencial ya ha terminado con la oración de absolución dicha por el sacerdote. Además, el canto de perdón no corresponde al carácter de aclamación y de súplica que definen el Kyrie eleison en la liturgia actual.Se puede proponer por parte del coro melodías sencillas para este canto, de modo que la asamblea responda sin dificultad a la invocación y con fe reconozca a Cristo como su Señor y le honre, al tiempo que le suplica su auxilio y su misericordia.

El Canto de Entrada

La Eucaristía es por excelencia el centro y culmen de la vida cristiana. Por medio de ella Dios santifica a los hombres y los hombres a su vez glorifican a Dios. Por esta razón los creyentes nos reunimos para celebrar en una misma fe a Dios en medio de la asamblea; nos
nutrimos de la palabra proclamada y nos saciamos del Cuerpo y de la Sangre del Señor para ejercer por el bautismo nuestra condición de hijos de Dios y de hermanos en el mundo. La eucaristía tiene a su vez un orden celebrativo que nos involucra en el misterio antes dicho. El primer momento es el de los ritos iniciales que comprende el canto de entrada,
el saludo inicial, el acto penitencial, el Señor, ten piedad, el Gloria y la Oración Colecta. En este escrito nos detendremos solamente en el canto de entrada.
Para comprender su sentido es necesario conocer el origen y evolución del Introito (palabra latina que significa “entrada”) el cual en los primeros siglos del cristianismo no hacía parte de los ritos de la misa, que iniciaba con la preparación de las ofrendas. Después del año 380 cuando se expande el cristianismo y crece el número de fieles, se construyen grandes templos para acoger en la celebración a los creyentes y se involucra una procesión de entrada solemne para recibir al presidente y los ministros. Esto hizo necesario acompañar este rito con un canto, al punto que hacia el año 425 surge en Roma el Introito, canto basado en un salmo o conjunto de salmos, cuya melodía hacía más solemne la procesión de entrada, especialmente en la misa presidida por el Papa, que involucraba a toda la asamblea en una dinámica bella, abriendo la celebración. Al comienzo la schola dirigía el canto haciendo uso del canto antifonal y otras veces del
responsorial. Según el misal de san Pío V (1570) el sacerdote al iniciar la misa recitaba la antífona Introíbo ad altáre Dei – Ad deum qui laetíficat iuventútem meam, seguida del salmo 42, el Gloria Patri y nuevamente la antífona. Y todo ello proclamado por el sacerdote y los ministros. La INSTRUCCIÓN (ORDENACION) GENERAL DEL MISAL ROMANO (IGMR) inspirado en la renovación litúrgica del Concilio Vaticano II , nos ubica el canto de entrada de la misa como parte de los “Ritos Iniciales”.:

46. Los ritos que preceden a la liturgia de la palabra, es decir, el canto de entrada, el
saludo, el acto penitencial, el Señor, ten piedad, el Gloria y la oración colecta, tienen el carácter de exordio, introducción y preparación. Su finalidad es hacer que los fieles reunidos constituyan una comunión y se dispongan a oír como conviene la palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía.
En algunas celebraciones que, según las normas de los libros litúrgicos, se unen con la Misa, han de omitirse los ritos iniciales o se realizan de un modo peculiar.
47. Reunido el pueblo, mientras entra el sacerdote con el diácono y los ministros, se comienza el canto de entrada. El fin de este canto es abrir la celebración, fomentar la unión de quienes se han reunido, e introducirles en el misterio del tiempo litúrgico o de la fiesta y acompañar la procesión del sacerdote y los ministros.
En estos números vemos cómo el canto de entrada ocupa un lugar especial dentro de los ritos
iniciales. Este canto entonces, contribuye a la finalidad del rito: involucrar a la asamblea en una misma intención y disposición para celebrar la palabra y la eucaristía. Además, el punto nro. 46 advierte que en ciertas ocasiones los ritos iniciales se omiten o varían, como por ejemplo, en las celebraciones de exequias y matrimonio.
48. El canto de entrada lo entona la schola y el pueblo, o un cantor y el pueblo, o todo el pueblo, o solamente la schola. Pueden emplearse para este canto o la antífona con su salmo, como se encuentran en el Gradual romano o en el Gradual simple, u otro canto acomodado a la acción sagrada o a la índole del día o del tiempo litúrgico, con un texto aprobado por la Conferencia de los Obispos.
Si no hay canto de entrada, los fieles o algunos de ellos o un lector recitarán la antífona que aparece en el Misal. Si esto no es posible, la recitará al menos el mismo sacerdote, quien también puede adaptarla a modo de monición inicial.
Este número nos dice el modo como se puede ejecutar el canto, dándole gran participación al pueblo. En cuanto a la letra del canto se usa aquella de los salmos, pero también da la posibilidad de emplear otro canto apropiado. Ante la ausencia de canto se puede leer la antífona de entrada; y en ello, indica al sacerdote como lector de la misma si ningún laico puede hacerlo.
50. Terminado el canto de entrada, el sacerdote, de pie junto a la sede, y toda la asamblea, hacen la señal de la cruz […].
El canto de entrada, entonces, acompaña la procesión, el saludo al altar (con la incensación si se realiza) y el recorrido a la sede. Terminada esta parte del rito debe finalizar el canto para que el sacerdote haga el saludo inicial. Vemos, pues, cómo el canto de entrada, sea la antífona con su salmo como lo propone el
Graduale Romanum y el Graduale Simplex, o sea otro canto adecuado, tiene una función
específica en la eucaristía dándole belleza y posibilitando una atmósfera adecuada para toda la celebración. Mediante él se anuncia a la asamblea la fiesta del día, involucrándola en el sacrificio espiritual pronto a conmemorar. En los salmos se halla una verdadera riqueza textual y espiritual para acompañar el rito de entrada. Además, como el canto de entrada es canto de acompañamiento –ya que acompaña la procesión de entrada del sacerdote y los ministros hasta la sede-, debe finalizar cuando los ministros hayan llegado a ese lugar.
Los actores del canto de Entrada son:
• El pueblo. El Concilio Vaticano II al hablar de Pueblo de Dios se refiere a todos aquellos hombres y mujeres que creen en Cristo. Así pues, todo el pueblo participará del canto.
• El sacerdote y los ministros. En el número 48 de la IGMR se lee que el canto de entrada se canta por la schola y el pueblo, con varias alternativas. Pareciera que al hablar aquí de pueblo se entendiera como todos menos el sacerdote. Sin embargo, en el punto anterior
definimos lo que se entiende hoy por “pueblo”. De ahí que el sacerdote y los ministros
también pueden tomar parte en el canto.
• La schola, el coro y el cantor (solista) según corresponda. Son los encargados directos de animar el canto y de entrar con el resto del pueblo en plena disposición para la
celebración de la misa. Aunque el número 48 no menciona el coro, se sobreentiende su
presencia en la celebración ante la ausencia de la schola o del cantor.
• Los demás ministros. Es decir, lectores, acólitos, ministros extraordinarios de la comunión etc., pues todos se hacen una sola voz en el canto de entrada.
Aspectos para tener en cuenta a la hora de elegir este canto:
• El tiempo litúrgico y la fiesta que se celebra.
• El estilo arquitectónico del templo, pues una cosa es cantar en la Catedral, por ejemplo, y otra en la capilla de un sector popular.
• El tipo de asamblea que se convocará y el estilo musical del coro que cantará.
• Un canto de entrada adecuado es aquel que por su texto, su melodía y su interpretación
aviva la conciencia de comunidad reunida, de modo que la asamblea se sienta acogida,
delante de su Dios, llamada a vivir la unidad entre hermanos, y a participar del banquete
de la Palabra y de la Eucaristía.
• Debe tener más carácter de marcha o de himno que de meditación, y su letra debiera usar
el “nosotros” antes que el “yo”, por su carácter comunitario y exhortativo.
• Puede ser de inspiración sálmica o de la Biblia en general, o extrabíblico, pero siempre
apuntando al sentido dentro del rito. El texto debe estar de acuerdo con la doctrina
católica, lo que a su vez se convierte en medio catequético para el oyente.
• Lo ideal es que toda la asamblea lo sepa y lo cante. Sin embargo, aunque en alguna
ocasión no lo cante, escucharlo de parte del coro debe crear en el oyente un grado de
participación en el canto y de disposición para celebrar.
• Su música en lo posible debe ser sencilla, agradable al oído, adecuada al sentido del texto. La sencillez no obvia la calidad en aquello que se interpreta.
• El éxito en la interpretación del canto está en la preparación del mismo.
• Se debe prever su duración hasta que todos los ministros lleguen al presbiterio y quien
preside a la sede, de acuerdo a lo extensa que pueda resultar la procesión de entrada.
• Importantísimo tener presente que en algunas celebraciones, como exequias y
matrimonio, los ritos iniciales pueden suprimirse o sufrir cierta variación.